Suelo decir que la negociación esta presente en todas las facetas de nuestra vida y es verdad. Ayer, como millones de españolitos, no pude perderme la final de la Copa del Mundo de Fútbol entre Holanda y España... y hasta ahí pude contemplar lo importante de las dotes negociadoras en la realidad cotidiana.
Podríamos decir claramente que la selección holandesa siguió una dinámica de reclamación de valor que a punto estuvo de arrastrar a la selección española pero, finalmente, Vicente del Bosque supo orientar a su equipo a una dinámica de creación de valor que les supuso, a la postre, la victoria.
La estrategia del seleccionador holandés, V. Marwijk, fue claramente agresiva en las formas y defensiva en la estrategia. La típica estrategia del reclamador de valor. No le interesaba crear juego, le interesaba interceptar y buscar un gol al contraataque o en una acción aérea. Por ello, en la primera parte asistimos a un juego bronco, duro, que le hubiera valido más tarjetas de las que el británico Webb sacó.
España se vió tentada de seguir ese juego, especialmente en la primera parte, hasta el punto de que Iniesta cayó en la trampa de responder a los holandeses después de una durísima entrada de dos contrincantes. El partido se caldeaba por momentos. Hubo una entrada, también durísima, a Puyol. Éste se dirigió rápidamente al oponente que le realizo la falta y... ambos se abrazaron y se dieron unas palmaditas.
A partir de ahí España comprendió que entrar en el juego impuesto por Holanda solo favorecería a esta última. Si todos entramos en la dinámica de reclamación de valor todos perdemos, empobrecemos el proceso. En la segunda parte el fútbol de España fue un absoluto recital de creación de juego. También supieron reclamar, eso es fundamental, pero no se dejaron arrastrar por el juego holandés. Esta reflexión me lleva a otra enseñanza que no por ser moralista deja de ser práctica. No todos somos iguales, no todas las partes actuamos de la misma manera, no todos somos reclamadores de valor. Uno tiene que utilizar sus propias "armas" sin dejarse arrastrar por el otro, sino el mundo sería una jungla y perderíamos enormes posibilidades de crear valor.
El dilema del prisionero, que podemos abordar otro día, explica claramente como estas dinámicas de reclamación de valor son empobrecedoras para el proceso y para las partes mientras que ser capaz de mantener la tensión entre crear valor y reclamar valor en su momento es la mejor fórmula de ser ganadores.
Ayer, España lo entendió. ¡Campeones!