Los últimos acontecimientos del Sáhara han puesto en el punto de mira internacional el conflicto que, desde hace casi 35 años, mantiene el reino de Marruecos y el Frente Polisario. No nos corresponde en este espacio valorar las flagrantes violaciones de derechos humanos que vienen siendo denunciadas por organizaciones internacionales como Amnesty International o los tibios posicionamientos de Naciones Unidas en su misión especial en el Sáhara. Como siempre, nos interesa lo acaecido desde el punto de vista del proceso de negociación.
A muchos ha sorprendido que, en tanto se producía el violento desmantelamiento del campamento protesta de Gdaim Izik en El Aiún, se siguieran las negociaciones auspiciadas por la ONU en la localidad neoyorquina de Manhasset. Para comprenderlo es necesario contemplar los hechos desde la perspectiva del proceso de negociación en el que se encuentran embarcados el Frente Polisario y el reino alauita. Concretamente, me interesa abordar en esta entrada uno de los elementos claves en el proceso de negociación de Harvard: la legitimidad.
La legitimidad es un elemento clave para la búsqueda de un acuerdo satisfactorio para las partes. Con frecuencia, existe un momento en toda negociación en que entran en conflicto los intereses de las partes y en ese momento caben, básicamente, dos actitudes: la tozudez y la persuasión. La primera tiene un recorrido corto y se agota en sí misma pues se reduce al "hay que llegar al acuerdo que yo quiero". La persuasión aporta más valor al proceso pues pretende el consenso desde la utilización de criterios objetivos o imparciales que pueden encontrarse en principios jurídicos, precedentes históricos, costumbres locales... La búsqueda de soluciones legítimas o, al menos, de métodos legítimos para obtener soluciones producen acuerdos más justos y, sobre todo, más duraderos en el tiempo.
A mi modo de ver, con los datos que todos podemos recabar mediante una documentación previa y un estudio meditado, Marruecos ha actuado con la prepotencia del fuerte (posiblemente de manera consciente con el lenguaje del reclamador de valor) cometiendo los tres errores que Roger Fisher señala como más comunes: ignorar completamente la legitimidad, no ponerse en la piel del adversario y pensar solo en una solución lógica. El Polisario, por contra, ha sabido ganar legitimidad en este suceso, aunque haya sido a un alto precio. Hace meses lanzó una justificada ofensiva sobre la indolencia de la ONU acerca de la situación vivida en el Sáhara reaccionando contra el último informe que el Secretario General de la ONU, Ban Kimoon, que señalaba que la presencia de la MINURSO, misión de paz de la ONU, debía continuar solo para el mantenimiento del alto el fuego renunciando, implícitamente, a otra de las misiones mandatadas por las resoluciones de la ONU: la organización de un referéndum de autodeterminación. A ello, se unió el reconocimiento de la "dimensión humana" del conflicto del Sáhara en la Resolución 1920 del Consejo de Seguridad de la ONU, acordada el 30 de abril de este año, en la que también se reconoció "que la consolidación del statu quo no es aceptable a largo plazo".
Con esta legitimidad, que se une a las anteriores Resoluciones de la ONU sobre el Sáhara, el Polisario se embarcó en una nueva ronda de negociaciones que tendría lugar los días 8 y 9 de noviembre en Manhasset, justamente los días en que se produjo el levantamiento del campamento. Es obvio que no existió coincidencia. Marruecos actuó reclamando valor, en técnica negociadora, y el Polisario hizo, a mi juicio, lo que debía hacer: cargarse de legitimidad. El Polisario no podía levantarse de una mesa de negociación, que habían estado buscando durante mucho tiempo, por dos razones fundamentales: la primera es porque ellos necesitan esa negociación más que nadie pues el actual statu quo no les favorece; la segunda porque, levantándose de la mesa, otorgaban la razón a Marruecos pues su ministro de exteriores, Taieb Fassi Fihri, rechazó las protestas del Polisario ante el desalojo argumentando que era Marruecos quién quería negociar y el Polisario quien quería eludir sus responsabilidades evitando la negociación. Juego sutil o maquiavélico, en verdad.
El Polisario ha revalidado su legitimidad con lo acaecido a un alto precio pero todo ello hay que contextualizarlo en un conflicto enquistado que llega ya a los 35 años.
La legitimidad, en este caso, puede imponerse a la fuerza de la tozudez pero no todo esta dicho. La sutileza árabe nos tendrá reservada nuevas jugadas.
Prometeo, titán famoso por su sabiduría y ponderación, logró favorecer a los hombres haciendo que Zeus, con un método completamente legítimo, eligiese para sí lo que no querían los hombres. La inteligencia suele ganar pero hay que evitar la ira de los dioses.
