jueves, 25 de noviembre de 2010

La legitimidad del Sáhara.

Los últimos acontecimientos del Sáhara han puesto en el punto de mira internacional el conflicto que, desde hace casi 35 años, mantiene el reino de Marruecos y el Frente Polisario. No nos corresponde en este espacio valorar las flagrantes violaciones de derechos humanos que vienen siendo denunciadas por organizaciones internacionales como Amnesty International o los tibios posicionamientos de Naciones Unidas en su misión especial en el Sáhara. Como siempre, nos interesa lo acaecido desde el punto de vista del proceso de negociación.
A muchos ha sorprendido que, en tanto se producía el violento desmantelamiento del campamento protesta de Gdaim Izik en El Aiún, se siguieran las negociaciones auspiciadas por la ONU en la localidad neoyorquina de Manhasset. Para comprenderlo es necesario contemplar los hechos desde la perspectiva del proceso de negociación en el que se encuentran embarcados el Frente Polisario y el reino alauita. Concretamente, me interesa abordar en esta entrada uno de los elementos claves en el proceso de negociación de Harvard: la legitimidad.
La legitimidad es un elemento clave para la búsqueda de un acuerdo satisfactorio para las partes. Con frecuencia, existe un momento en toda negociación en que entran en conflicto los intereses de las partes y en ese momento caben, básicamente, dos actitudes: la tozudez y la persuasión. La primera tiene un recorrido corto y se agota en sí misma pues se reduce al "hay que llegar al acuerdo que yo quiero". La persuasión aporta más valor al proceso pues pretende el consenso desde la utilización de criterios objetivos o imparciales que pueden encontrarse en principios jurídicos, precedentes históricos, costumbres locales... La búsqueda de soluciones legítimas o, al menos, de métodos legítimos para obtener soluciones producen acuerdos más justos y, sobre todo, más duraderos en el tiempo.
A mi modo de ver, con los datos que todos podemos recabar mediante una documentación previa y un estudio meditado, Marruecos ha actuado con la prepotencia del fuerte (posiblemente de manera consciente con el lenguaje del reclamador de valor) cometiendo los tres errores que Roger Fisher señala como más comunes: ignorar completamente la legitimidad, no ponerse en la piel del adversario y pensar solo en una solución lógica. El Polisario, por contra, ha sabido ganar legitimidad en este suceso, aunque haya sido a un alto precio. Hace meses lanzó una justificada ofensiva sobre la indolencia de la ONU acerca de la situación vivida en el Sáhara reaccionando contra el último informe que el Secretario General de la ONU, Ban Kimoon, que señalaba que la presencia de la MINURSO, misión de paz de la ONU,  debía continuar solo para el mantenimiento del alto el fuego renunciando, implícitamente, a otra de las misiones mandatadas por las resoluciones de la ONU: la organización de un referéndum de autodeterminación. A ello, se unió el reconocimiento de la "dimensión humana" del conflicto del Sáhara en la Resolución 1920 del Consejo de Seguridad de la ONU, acordada el 30 de abril de este año, en la que también se reconoció "que la consolidación del statu quo no es aceptable a largo plazo".
Con esta legitimidad, que se une a las anteriores Resoluciones de la ONU sobre el Sáhara, el Polisario se embarcó en una nueva ronda de negociaciones que tendría lugar los días 8 y 9 de noviembre en Manhasset, justamente los días en que se produjo el levantamiento del campamento. Es obvio que no existió coincidencia. Marruecos actuó reclamando valor, en técnica negociadora, y el Polisario hizo, a mi juicio, lo que debía hacer: cargarse de legitimidad. El Polisario no podía levantarse de una mesa de negociación, que habían estado buscando durante mucho tiempo, por dos razones fundamentales: la primera es porque ellos necesitan esa negociación más que nadie pues el actual statu quo no les favorece; la segunda porque, levantándose de la mesa, otorgaban la razón a Marruecos pues su ministro de exteriores, Taieb Fassi Fihri, rechazó las protestas del Polisario ante el desalojo argumentando que era Marruecos quién quería negociar y el Polisario quien quería eludir sus responsabilidades evitando la negociación. Juego sutil o maquiavélico, en verdad.
El Polisario ha revalidado su legitimidad con lo acaecido a un alto precio pero todo ello hay que contextualizarlo en un conflicto enquistado que llega ya a los 35 años.
La legitimidad, en este caso, puede imponerse a la fuerza de la tozudez pero no todo esta dicho. La sutileza árabe nos tendrá reservada nuevas jugadas.
Prometeo, titán famoso por su sabiduría y ponderación, logró favorecer a los hombres haciendo que Zeus, con un método completamente legítimo, eligiese para sí lo que no querían los hombres. La inteligencia suele ganar pero hay que evitar la ira de los dioses.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Negociar con Serrat.

Definitivamente el aumento aritmético de hijos no conlleva la progresión aritmética de las ocupaciones...la progresión es geométrica. Solo esto explica el hecho de que, pese a tener completamente ideada esta entrada desde hace semanas, no la haya podido escribir hasta ahora.
La idea de esta entrada me la propicio mi amigo José Angel Thomas (blogger de http://candidatosidoneos.blogspot.com ) con el comentario que dejó en la anterior entrada. Era una lapidaria frase de Mika Waltari: "En toda negociación, el hombre honrado está destinado a llevar la peor parte, mientras que la picardía y la mala fe se apuntan finalmente los tantos". Es una creencia común.  Resuena todavía en mi cabeza el lamento de una alumna en un curso reciente sobre negociación: "Pero entonces... ¿los creadores de valor estamos predestinados a sucumbir ante los reclamadores de valor?". En absoluto. Permitanme que me rebele ante esta teoría. Ni siquiera podemos admitirla como hipótesis. Aceptarla, supondría admitir como buena la ley de la jungla y estoy empeñado en defender que la honestidad, la lealtad, la nobleza y la bondad traen cuenta, merece la pena, incluso desde una perspectiva de eficiencia. Sin embargo, demasiado a menudo pensamos que los malos, los duros, los desleales son los victorioso. Son aquellos con los que Serrat y yo tenemos "Algo personal" en lo filosófico, por más que, cuando hablemos de la comunicación en la negociación, defenderé separar escrupulosamente el objeto de la negociación y las personas.




 Y es que, pese a que la reclamación de valor a ultranza tiene serias desventajas que ya expuse en su momento, es una postura perfectamente lícita en una negociación. Lo que no es tan lícito es actuar con deslealtad o mala fe con la otra parte. Eso puede conducir a una victoria a corto plazo pero nunca a un triunfo final pues la mentira esta enormemente castigada en la negociación. Como señala el dicho popular: "Puedes engañar a muchos durante poco tiempo o a una persona durante mucho tiempo pero es imposible engañar a muchas personas durante mucho tiempo". Nuevamente, Serrat nos regala una canción, "Yo me manejo bien con todo el  mundo", donde narra como, en estos casos, "en el pecado se lleva la penitencia".

La victoria es, sin duda, de los honestos. Para ello, sin duda, hemos de hacer una cierta hermenéutica de los hechos. La experiencia te muestra que tras una aparente negociación frustrada se puede encontrar una solución perfectamente idónea a las circunstancias en las que ésta se ha desarrollado. A veces lo obvio es lo más complicado de ver, porque hay que verlo con otros ojos, sin las anteojeras que, habitualmente, llevamos. Obstinados en la herencia del "ojo por ojo, diente por diente" creemos que hay que vencer con las mismas armas que el enemigo. Craso error. Los hijos de la luz no pueden usar las mismas armas que los hijos de las tinieblas. En alguna entrada anterior señalaba que la materia prima de la negociación era la no coincidencia en los intereses. Solo el intercambio de intereses logra una solución duradera decía cuando explicaba el ejemplo de Camp David. En este caso volveré a sorprender: solo con distintas armas podemos ganar al adversario. Es más, la única alternativa posible es usar otras, comportarse de otra manera, sorprender con otra cosmovisión y, por tanto, con otra visión del problema: es el mensaje central de "Cada loco con su tema".
En una ocasión mi hijo Pablo, en medio de una película me preguntó: "¿Papá, van a ganar los malos?". Tranquilo, Pablo. Siempre ganan los buenos.