Inicio este nuevo curso dedicando esta entrada a las negociaciones forzadas o asimétricas de las que en este verano hemos tenido algunos ejemplos.
Todos hemos tenido alguna experiencia más o menos cercana cuando hemos negociado un contrato de trabajo o una hipoteca bancaria. Son negociaciones en las que las partes no tienen posiciones igualitarias o simétricas. Siguiendo el castizo refrán castellano, a veces nos encontramos en la posición de “esto son lentejas, si las quieres tomar las tomas y si no las dejas”.
Todos hemos tenido alguna experiencia más o menos cercana cuando hemos negociado un contrato de trabajo o una hipoteca bancaria. Son negociaciones en las que las partes no tienen posiciones igualitarias o simétricas. Siguiendo el castizo refrán castellano, a veces nos encontramos en la posición de “esto son lentejas, si las quieres tomar las tomas y si no las dejas”.
No obstante, a menudo, no cabe “dejar las lentejas” sino que hay que tomarlas a toda costa. Hace unos días tuve la oportunidad de departir amigablemente con Fernando Giménez Barriocanal, Presidente de la COPE y Vicesecretario para asuntos económicos de la Conferencia Episcopal Española, amén de profesor de Economía Financiera de la Universidad Autónoma de Madrid. Fernando, hombre conocedor de las dinámicas económicas, inteligente y ponderado, me decía, hablando de la situación económica a nivel internacional, que, pese a lo que estaba cayendo, era optimista porque “los países no se hacen el harakiri”. Es cierto. Estoy de acuerdo a pies juntillas con esa apreciación. El ser humano tiene una tendencia natural a la autoconservación.
Esta observación es aplicable perfectamente al proceso de negociación habido entre demócratas y republicanos este verano para evitar la "quiebra" estadounidense que ha mantenido en vilo a todo el mundo y que tan tocado ha dejado al presidente Obama. El instinto conservacionista hacía prever el acuerdo final entre ambos partidos. Estados Unidos no se podía permitir una bancarrota de alcance impredecible. La pregunta es a quién benefician esos acuerdos y, sobre todo, si son sostenibles en el tiempo. En esta suerte de negociaciones asimétricas, donde una parte se ve abocada a admitir condiciones por su situación, los resultados suelen ser poco duraderos por la falta de convencimiento de alguna de las partes en el acuerdo alcanzado y, a la postre, no benefician a nadie por su fragilidad.
En España hemos tenido, a mi juicio, otro caso de negociación forzada o asimétrica en la reforma de la Constitución para consignar un límite en el déficit presupuestario del estado. Una medida que pese a haber sido propuesta por el ejecutivo socialista, abocado por las presiones internacionales, ha reforzado la postura de la oposición, que venían solicitando esa medida desde hace tiempo y que ha sabido dominar los efectos negativos que podía suponerle para el futuro derivando el señalamiento del porcentaje en concreto a una ley orgánica sujeta a los lógicos principios de oportunidad.
Permítanme mis lectores la maldad, con ánimo humorístico y exento de toda intencionalidad política que hiera susceptibilidad alguna, de colgar aquí el enlace a un vídeo de RTVE que recoge del momento del registro de la proposición conjunta PSOE-PP en el Congreso. Vean ustedes el distinto gesto de unos y otros en el momento del registro y deduzcan quien ganó en la negociación.
En cualquier caso, siempre hay que estar preparado para encontrarte a alguien dispuesto a hacerse el harakiri pues, a veces, hay que hacer de la necesidad virtud. Como siempre he dicho, en las negociaciones hay que ser lo suficientemente generoso como para facilitar a la contraparte una salida airosa pues cuando uno no tiene nada que perder, todo lo que tiene es ganar. Recuerdo que hace años, en mi adolescencia, le dije a mi padre en una ocasión que yo era conservador. Él, hombre socarrón y dotado de un fino sentido del humor, me contestó: “hijo mío, uno es conservador cuando tiene algo que conservar...”. Toda una enseñanza en la negociación. Gracias, papá.

