No tengo excusa alguna. Desde finales de septiembre hasta hoy debo de haber aburrido a los más fieles seguidores. Desde aquí mis disculpas y mi solícita petición de condescendencia conmigo. Mucho ha llovido desde entonces: España ha cambiado de gobierno, Europa amenaza con desmembrarse y ETA ha anunciado el fin de la violencia.
En este tiempo tampoco he estado ocioso: hemos relanzado www.rich-asociados en el mundo virtual, con perfiles en facebook y twitter, hemos iniciado el Master en Dirección Estratégica de Recursos Humanos con fuertes contenidos sobre liderazgo y negociación, hemos participado en el III encuentro de constructores de paz en Euskadi y tenemos en ciernes la creación del CRAC: Centro de Resolución Alternativa de Conflictos.
No obstante, en absoluto es excusable esta ausencia para mis lectores. Es más, la presión de faltar a la fidelidad de amigos, lectores, negociadores y alumnos en estos meses ha sido la excusa perfecta para retomar el blog.
He de reconocer que la entrada de hoy es especialmente delicada y espero que suscite las lógicas disidencias e, incluso, el conflicto necesario para crecer en soluciones. Sin embargo llevo meditándola muchos días a raíz de los acontecimientos acaecidos en los últimos meses con procesos de paz largamente esperados como el vivido en Israel o, de manera más cercana, en España con la comunicación de ETA del abandono de la lucha armada.
Tanto en uno como en otro caso se mezclan sentimientos encontrados entre la esperanza de la ansiada paz y el sabor agridulce de las víctimas que no pueden despojarse de su dolor.
Esta entrada me la suscitó la entrega de más de mil prisioneros palestinos a cambio del soldado israelí Galid Shalit. La televisión retransmitió emotivas imágenes de alegría en los territorios palestinos y de dolor o incomprensión, incluso ira en Israel, amén de la lógica alegría de los familiares del soldado liberado.
Un momento de reflexión nos hace "sentir" lo lógico de todas las reacciones. Las de las familias de los presos palestinos liberados, la de la alegría de la familia del soldado israelí Galid Shalit y la lógica indignación y repulsa de aquellos familiares o víctimas de la violencia de alguno de los más de mil liberados palestinos que ven como éstos salen en libertad, "sin haber pagado su culpa", a cambio de un solo soldado israelí.
Salvando las distancias, en el conflicto vasco, más cercano a España, existe también dolor, que no se enfrenta a nadie, en aquellos que tienen familiares en prisión o el exilio y aquellos que han sido víctimas del terror de ETA o de otros grupos.
El dolor es consustancial a todo conflicto, por ello ha de ser tenido en cuenta para la resolución del mismo porque las víctimas tienen derecho a su dolor. En la historia de los conflictos ha habido toda suerte de tratamientos desde la exaltación a la negación. Ni uno ni otro conduce a la resolución del conflicto. La exaltación supone primar el dolor, legítimo e irracional, de las víctimas con el que difícilmente podrá construirse una opción de futuro. La negación supone dejar una herida abierta que puede no cicatrizar y condicionar cualquier proceso de reconciliación. En España tenemos una muestra palpable con la denominada "memoria histórica" que ha supuesto el desenterramiento no solo de cuerpos sino también de dolor en nuestra sociedad con evidentes y legítimos frutos personales pero discutibles frutos sociales.
En mi opinión el dolor de las víctimas en cualquier proceso debe ser conocido, respetado y valorado pues es la única fórmula de poder reconducir ese dolor como herramienta de resolución del conflicto. En América Latina tenemos el ejemplo de numerosas Comisiones de la Verdad que han pretendido ese objetivo. El conocimiento del dolor, su valoración y respeto es el primer paso para conjurar el frentismo, el odio y la ira social e iniciar un camino de reconciliación colectivo. ¡Ojo! hablo de proceso social y colectivo porque nadie puede, ni debe, conjurar el dolor de otro más allá de uno mismo, pero sí tenemos la obligación colectiva de buscar soluciones a los conflictos que atenazan a la sociedad.
Ese es el último sacrificio, uno más, de las víctimas: poner su dolor al servicio de la reconciliación personal, si es posible, y social. Este sacrifico es posible, difícil pero posible. El ejemplo lo tenemos en Jo Berry y Pat Magee, víctima del IRA y activista implicado en la muerte del padre de la primera. Un ejemplo singular, es cierto, pero demostrativo de que la sinergía es posible en beneficio de la sociedad y con el esfuerzo de ambos.
Si no reconvertimos el dolor en herramienta de reconciliación y solo lo utilizamos como parapeto de la petición o concesión de perdón solo propiciaremos el enfrentamiento social o la marginalidad de las víctimas y ni lo uno ni lo otro nos hará ningún bien.
Si no reconvertimos el dolor en herramienta de reconciliación y solo lo utilizamos como parapeto de la petición o concesión de perdón solo propiciaremos el enfrentamiento social o la marginalidad de las víctimas y ni lo uno ni lo otro nos hará ningún bien.