Decía en mi entrada del 9 de mayo que negociar, lo que se dice negociar, hay que hacerlo con la materia prima de los intereses. Sobre intereses se puede hablar, ceder y hasta renunciar si es preciso. Son moldeables. Los principios, las posiciones, difícilmente son negociables. A veces son, incluso, irrenunciables.
Uno puede negociar por posiciones por el momento emocional en el que se encuentra, pensemos en una separación matrimonial, donde nos sentimos engañados y en la que creemos, con completa convicción que somos mejor progenitor que nuestro cónyuge. A veces es el rol que jugamos en la negociación el que nos hace replegarnos a nuestras posiciones, a nuestros principios. Es el caso del Estado en su negociación con bandas armadas, como ETA, donde exige, irrenunciablemente, la entrega de las armas aunque eso suponga, en la mayoría de la veces, un obstáculo para el diálogo per se.
En este negociar por posiciones no es irrelevante el ser del otro negociador. La Iglesia es un caso prototípico de la negociación por principios. Ciertamente, aunque se le tache de lo contrario, de interesada (cuestión en la que no entraré por aportar poco al análisis de la técnica negociadora en sí) la postura de la Iglesia, para bien o para mal, suele conformarse en principios sólidamente asentados. Así, aunque a nadie extrañaría la defensa de su asignación tributaria conforme a lo establecido en el IRPF, a nadie se le oculta que si la misma dependiera de una u otra actitud respecto a un asunto mollar para ella como por ejemplo el aborto, la Iglesia no se movería un ápice de sus principios.
Algo así ha sucedido en el caso que nos ocupa, por rocambolesco que parezca. El Cabildo había señalado entre sus prioridades y por este orden: la defensa del empleo de 3.000 familias, la significatividad de Córdoba en el proceso y la defensa de una Obra Social, parte de la cuál sería gestionada por una Fundación de la Caja resultante cuyo patronato estuviese conformado por 6 canónigos. Aunque se dieron, muy recortadamente, las dos últimas premisas no se dio la primera, esto es, la existencia de un Acuerdo Laboral de Fusión que diese seguridad a los trabajadores. Era de cajón. Gómez Sierra y monseñor Asenjo habían explicado estas prioridades en Madrid y en Roma, en Málaga y también en Sevilla al presidente Griñan y al consejero Antonio Ávila. Si no había Acuerdo Laboral no habría fusión. El resultado podrá no ser compartido pero a nadie debe sorprender...a no ser que no supiesen la naturaleza de su interlocutor y que creyesen que, dándole "lo suyo", es decir, la asignación al Cabildo, lo otro no sería obstáculo.
Ciertamente puede parecer inexplicable, a los ojos de los intereses de este mundo, que cuando estaba cerrada la representación del Cabildo en los órganos de gobierno de la entidad, la asignación ala Obra Social gestionada por el mismo, incluso la suerte personal de algunos directivos...todo se fuera por la borda. Pero era matemáticamente explicable si se hubiese tenido en cuenta el especial modo de proceder de la otra parte. La Iglesia, y menos la que llegó a Cajasur hace 5 años, no hubiese provocado nunca la situación de ver a 700 familias en la calle mientras ella gestionaba una pingüe Obra Social. Alguien en la otra parte debió entender esto, sino desde la generosidad de la Iglesia, sí desde el interés de la misma.
Después podremos debatirnos en si ese era o no papel de la "empresa" o de los sindicatos, hacer juicios sobre si de eso debió ocuparse desde hace 30 años y no en estos momentos...o en mil juicios morales más. Podremos enturbiar cuanto queramos ideando no sé que suerte de pactos ocultos en la misma línea de que la Iglesia actúa por interés y que si ha hecho esto por algo será.
Pero lo cierto es que ninguno de los interlocutores interesados en este proceso (Caja, Junta de Andalucía y sindicatos) habían estudiado como actuaría una entidad como la Iglesia, más allá de los cuatro tópicos manidos y trasnochados, pese a que ésta había encendido todas las luces de alarma desde hacía meses.
Vamos, que nadie creyó aquello de "mi reino no es de este mundo" (Jn. 18,36)
Uno puede negociar por posiciones por el momento emocional en el que se encuentra, pensemos en una separación matrimonial, donde nos sentimos engañados y en la que creemos, con completa convicción que somos mejor progenitor que nuestro cónyuge. A veces es el rol que jugamos en la negociación el que nos hace replegarnos a nuestras posiciones, a nuestros principios. Es el caso del Estado en su negociación con bandas armadas, como ETA, donde exige, irrenunciablemente, la entrega de las armas aunque eso suponga, en la mayoría de la veces, un obstáculo para el diálogo per se.
En este negociar por posiciones no es irrelevante el ser del otro negociador. La Iglesia es un caso prototípico de la negociación por principios. Ciertamente, aunque se le tache de lo contrario, de interesada (cuestión en la que no entraré por aportar poco al análisis de la técnica negociadora en sí) la postura de la Iglesia, para bien o para mal, suele conformarse en principios sólidamente asentados. Así, aunque a nadie extrañaría la defensa de su asignación tributaria conforme a lo establecido en el IRPF, a nadie se le oculta que si la misma dependiera de una u otra actitud respecto a un asunto mollar para ella como por ejemplo el aborto, la Iglesia no se movería un ápice de sus principios.
Algo así ha sucedido en el caso que nos ocupa, por rocambolesco que parezca. El Cabildo había señalado entre sus prioridades y por este orden: la defensa del empleo de 3.000 familias, la significatividad de Córdoba en el proceso y la defensa de una Obra Social, parte de la cuál sería gestionada por una Fundación de la Caja resultante cuyo patronato estuviese conformado por 6 canónigos. Aunque se dieron, muy recortadamente, las dos últimas premisas no se dio la primera, esto es, la existencia de un Acuerdo Laboral de Fusión que diese seguridad a los trabajadores. Era de cajón. Gómez Sierra y monseñor Asenjo habían explicado estas prioridades en Madrid y en Roma, en Málaga y también en Sevilla al presidente Griñan y al consejero Antonio Ávila. Si no había Acuerdo Laboral no habría fusión. El resultado podrá no ser compartido pero a nadie debe sorprender...a no ser que no supiesen la naturaleza de su interlocutor y que creyesen que, dándole "lo suyo", es decir, la asignación al Cabildo, lo otro no sería obstáculo.
Ciertamente puede parecer inexplicable, a los ojos de los intereses de este mundo, que cuando estaba cerrada la representación del Cabildo en los órganos de gobierno de la entidad, la asignación ala Obra Social gestionada por el mismo, incluso la suerte personal de algunos directivos...todo se fuera por la borda. Pero era matemáticamente explicable si se hubiese tenido en cuenta el especial modo de proceder de la otra parte. La Iglesia, y menos la que llegó a Cajasur hace 5 años, no hubiese provocado nunca la situación de ver a 700 familias en la calle mientras ella gestionaba una pingüe Obra Social. Alguien en la otra parte debió entender esto, sino desde la generosidad de la Iglesia, sí desde el interés de la misma.
Después podremos debatirnos en si ese era o no papel de la "empresa" o de los sindicatos, hacer juicios sobre si de eso debió ocuparse desde hace 30 años y no en estos momentos...o en mil juicios morales más. Podremos enturbiar cuanto queramos ideando no sé que suerte de pactos ocultos en la misma línea de que la Iglesia actúa por interés y que si ha hecho esto por algo será.
Pero lo cierto es que ninguno de los interlocutores interesados en este proceso (Caja, Junta de Andalucía y sindicatos) habían estudiado como actuaría una entidad como la Iglesia, más allá de los cuatro tópicos manidos y trasnochados, pese a que ésta había encendido todas las luces de alarma desde hacía meses.
Vamos, que nadie creyó aquello de "mi reino no es de este mundo" (Jn. 18,36)
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